Lo hice en el probador con un desconocido

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Faltaban pocos minutos para el cierre de mi boutique. Sumé la recaudación del día y le dije a la empleada que se retirara.

Estaba a punto de bajar la persiana cuando observé alguien haciéndome señas. Lo miré, no supe quién era y seguí como si no lo hubiese visto. La luz de la vidriera dejó apreciar una figura agradable, el cuerpo de un joven que nuevamente me imploró que lo dejara pasar. En ese instante lo miré al rostro  y me agradó. Su mirada me inspiró confianza, su aura era positiva y lo dejé pasar…

Buscaba una prenda para hacer un regalo, me dijo que era para su hermana, que su cuerpo era muy parecido al mío. Escogió algunos vestiditos y me pidió de manera gentil si podía probármelos, para asegurarse que le quedasen bien a su agasajada.

Entré al probador del medio, corrí el cortinado y comencé con la prueba; cuando estuve lista lo llamé, se acercó y por vez primera noté su blanca y perfecta sonrisa. Le gustó lo que vio, pero me solicitó que siguiera con el resto.

El segundo, un vestido blanco, corte princesa, bastante aniñado pero con detalles re femeninos (nunca se me hubiera ocurrido probarlo de no haber sido bajo esa situación, pero me gustó lo que el espejo me devolvió).


Asomando por uno de los laterales del cortinado lo llamé. Esta vez decidió verlo de cerca, entró al probador y, tras recorrerme con mirada apabullante, lo escuché susurrar “tremendamente hermosa”. Se la dejé pasar y le pregunté si quería ver los siguientes; sólo asintió con la cabeza. Estaba embelesado mirándome por el espejo…

Tercer vestido: de gasa en capas y picos, hermosísimo pero muy escotado. Mis senos parecían querer salir por los bordes y no me veía bien dentro de él, pero debía mostrárselo al cliente. Sin titubear lo llamé.

Le confesé que no me sentía cómoda, que no era mi estilo, pero tampoco quería ser negativa con la prenda, quizás a ella le quedaría mejor que a mí.

Él: no sé por qué no te convence, es el que más me gusta de los tres que te probaste. Realza tu figura de manera descomunal. Permitime un comentario fuera de lugar, pero si vos fueras mi novia no dudaría en obsequiártelo.

Yo: Bueno, gracias, te agradezco el halago. Me pruebo el último, así te decidís.

ÉL: ¡Sí! está perfecto aunque reconozco que me quedaría horas mirándote. Sos muy bonita, y tu simpatía me tiene cautivado.

Al término de su comentario me sonrojé al punto que sentí incendiarse mis mejillas, (soy algo tímida, aunque mi apariencia no lo aparenta, lo soy). Si esperaba respuesta de mi parte no la obtuvo. Me quedé muda.

Esperó del lado de afuera del cambiador mientras trataba de ponerme el cuarto y último vestido. A diferencia de los otros tres, éste llevaba un amplio cierre en la espalda desde la altura de la cola hasta el final del mismo. Luego de varios intentos fallidos por subírmelo, no me quedó otra alternativa que pedirle ayuda.

Yo: Vas a tener que entrar y ayudarme con el cierre, no logro prenderlo.

Mis manos parecían tentáculos de pulpo queriendo sostener la prenda para que no se cayera.

ÉL: Con mucho gusto. Permitime.

Sentí sus manos rozar mi espalda y un escalofrío recorrió mi cuerpo.

ÉL: Perdón, no pude resistir la tentación de tocar tu bronceada y suave piel.

Yo: Está bien, no pasa nada, tus manos también se sintieron suaves.

Miré por el espejo y vi con la delicadeza que deslizaba el cierre a lo largo de su longitud.

Uff madre de Dios, mi piel se erizó al verlo parado junto a mí y pensé: “qué linda pareja que hacemos”.

Él: Ahí quedó, costó un poco, pero lo logré. Ceñido a tus curvas es un delirio para mis ojos, el celeste de la tela hace juego con el color de tus ojos y contrasta con el dorado bronceado de tu piel.

Nuevamente el joven desconocido hizo estallar mis mejillas. No me salió palabra en ese momento, sólo atiné a bajar la mirada y sonreír.

ÉL: Sos increíblemente bonita, cada uno de los vestidos que te probaste te queda mejor que el otro. Me complicaste aún más la elección, no sé cuál de todos llevarle. ¿Cuál crees vos qué le gustará más a una chica de 16 años?

Yo: Mmmm pensé que era mucho mayor, si tan sólo tiene 16 optaría por el blanco, es más adecuado para su edad.

ÉL: Te pido un último favor. ¿Podrías volvértelo a poner?

Yo: Bueno, pero tendrás que ayudarme a quitarme éste, despréndeme el cierre y espérame afuera que me pongo el otro.

ÉL: Trataré de no tentarme otra vez con tu tersura. (Rió)

Posó sus manos a la altura del cuello justo donde comienza la prendedura y empezó a descender en paralelo con sus dedos en mi espina dorsal. Mientras duró el descenso mi piel se manifestó seducida por el roce de sus dedos, y nuevamente me estremecí. Mis pezones que yacían ocultos bajo la fina tela comenzaron a denotar una pronta erección imposible de disimular.

Él miró por el espejo y notó mi alteración corporal, me tomó de los hombros y me giró hacía él.

Pasó su mano por mis labios separándolos entre sí y agachándose lo suficiente quedó su boca a la altura de la mía y me besó descaradamente. Pero cómo me gustó…

Yo: ¿Qué haces? estás loco…

Él: Esto…

Y me volvió a besar. Esta vez su lengua buscó entrelazarse con la mía. Pero me resistí a la tentación y me negué.

Fue entonces que de un tirón se deshizo del vestido dejándolo caer sobre la alfombra. Me puso frente al espejo y señalando mis senos me dijo: “tu cuerpo te está contradiciendo…”.

No pude defenderme de su acusación, tenía razón. Los pezones apuntaban hacia arriba erectos, llenos de deseo.

Apretujó mi diminuto cuerpo contra el suyo y con ambas manos recorrió mis delgadas líneas contorneantes, ejerciendo cierta presión placentera al punto que me arrancó un gemido de mis entrañas.

No pude tolerar el deseo de acariciar su rostro y lo hice. Dibujé con la yema de mis dedos todo su contorno; un gesto de regocijo iluminó su bella cara. La redondez de sus ojos se abrieron en su máximo esplendor. Observaba mi desnudez, elogiaba mi piel sin cesar, posó sus manos en mi cadera y con movimientos suaves pero precisos quitó la única prenda que separaba mi sexo de su cuerpo.

Volvió a mirarme por el espejo, quedó contemplando un largo rato alabando mi figura, mis curvas y mi sexo desprovisto de vellosidad que, confesó, le vuela la cabeza (textuales palabras).

ÉL: Sos exquisitamente deliciosa, ¡qué cuerpo! Necesito hacerte mía.

Mientras hablaba me subió una pierna sobre el banquito. Sentí cómo los labios vaginales se separaban, percibí la humedad de mi entrepierna. La excitación era más fuerte que ponerme a pensar que estaba en manos de un extraño.

Se arrodilló debajo de mí peladita (terrible imagen la que me devolvía el espejo), momento en que sentí su lengua entremezclarse con mis fluidos. Infinitas sensaciones brotaron de mí. Comencé a menearme con vehemencia sobre su boca en busca de mi propio placer.

– Uff qué buen oral – Me quedaría horas dejándome comer así.

No sé el tiempo que habrá estado entre mis piernas, pero lo que sí sé es que me comió como nadie antes, no paró hasta ver mis piernas flojear. Caí rendida a sus pies.

Era la primera vez que experimentaba múltiples orgasmos. Fue una lujuriosa experiencia.

Él continuaba vestido, completamente enardecido, llevaba una remera a rayas blanca y negra y una bermuda holgada, blanca. Debajo de ella me esperaba “un mundo”: su verga estaba completamente erecta.

Él: – Necesito entrar en vos. Quiero poseerte.

Lo miré desconcertada, y no era para menos, apareció de la nada y a los 40 minutos de entrar a mi local me estaba chupando la concha y me quería coger. Era todo muy extraño.

Estaba entre la espada y la pared, dejarlo ir así, caliente, después de haberme hecho gozar como lo hizo, era híper egoísta de mi parte. Además yo seguía excitada y me moría de ganas de tener “ese” bulto entre mis piernas.

Mientras levantaba su remera, cosa que por su altura se me dificultó un poco, le dije:

– No sé quién sos ni de dónde saliste, pero ya ni me importa, no quiero dejarte ir.

Una sonrisa preciosa se dibujó en su cara, los pómulos brillantes por la transpiración le quedaban de maravilla. Descubrí en ese instante que era más lindo todavía.

Cuando bajó la bermuda y arrastró con ella su bóxer, saltó asfixiado su GRAN pene. No sé cuánto le medirá, pero habida cuenta de mis pocas experiencias sexuales, sin dudas fue el más grande que tuve. No por lo largo, sino por el grosor y el glande re grande. Su vello púbico finamente recortado.

Me besaba todo el tiempo; eran besos adictivos, nos separábamos y al instante teníamos la necesidad de volvernos a besar.

ÉL: Te voy a coger hasta que me pidas por favor que pare. Quiero tu disfrute absoluto y con él obtendré mi complacencia. Quiero ser el mejor amante que hayas tenido a tu corta edad. Sacó un preservativo y se lo colocó.

Y vaya si disfruté…

Ni bien entró en contacto con las finas paredes de mi conchita, comencé a gozar como una yegua. Me arrancó un par de orgasmos de esos que te dejan exhausta. Él acabó una sola vez, sus chorros de semen saltaron a borbotones sobre mi desnudez, era blanco y espeso. No lo dejé acabar en mi boca, pero aún así algunas gotas me alcanzaron y llegué a degustar el sabor, más bien amargo, tirando a ácido.

Nos vestimos, extrañamente me pidió la suma de las 4 prendas, (¡sí las 4!) me pagó y se fue diciendo:

ÉL:- Los vestidos no los llevo, ni siquiera tengo hermana, fue tan sólo una excusa para poder acercarme a vos. Jamás creí que me animaría a tanto. La idea de tenerte cerca y de poder mirarte a los ojos ya era un sueño cumplido. ¿Pero esto? Fue la gloria absoluta. Gracias Martina por hacerme el hombre más feliz del planeta.

Al ver que conocía mi nombre fue mucho más desconcertante. Lo quedé mirando pasmada.

ÉL: – Hace 7 meses que te sigo a todas partes, sé todo de vos, dónde, cómo y con quién. Soy quien te manda todos los meses una docena de rosas blancas. Jamás te molesté, no soy un acosador sexual ni un loco, sólo soy un enamorado tuyo que se vio atrapado por tu belleza.

Se retiró del local dejándome boquiabierta, no me salió palabra alguna, ni siquiera sabía cómo se llamaba, ni atiné a preguntárselo.

Me quedé pensando si realmente había sucedido o si había sido producto de mi imaginación. Pero no tardé en quitarme la duda. Al entrar al probador a apagar las luces, encontré una tarjeta que decía:

Gastón A. Peñalba (nombre ficticio, OBVIAMENTE)

Entrenador físico

Dirección……

Teléfono……

Mail……….

Y debajo escrito con bolígrafo:

– Ahora ya sabés quién soy, cómo y dónde ubicarme. Queda en vos si querés que nos sigamos viendo.

¡¡Sos hermosa!!!

Saludos

Gastón

»

  1. la verdad que muy interesante,espero leer pronto nuevos relatos de esos que hacen que te hacen alterar el aliento saludos bye

  2. como siempre,muy bien relatados,calientes y dejandonos la duda de saber,si realmente son autobiograficos,este en particular me encanto por un raton mio,pero sabes mar q me gustan todos los relatos tuyos,esperamos por más,como nos tenes bien a costumbrados.

  3. No puedo creer lo caliente de tus palabras. Sos una adicción que no para que me envuelve en un frensi…
    Siento el vertigo a medida que leo… no hay tiempo (no se cuanto tardo en leer) todo pasa tan rápido. Siento ese vertigo de la velocidad a medida que avanza en placer vivido en tus relatos. Me encantan! eso quedo claro…

    Besotes enormes… y vuelvo por mas dosis

  4. EXCELENTE ERES UNA MAESTRA DE LOS RELATOS, QUE TAL PERSPECTIVA QUE LE DAS Y EL TOQUE DE EXITACION NI SUAVE NI EXAGERADO, EL PUNTO EXACTO EN DONDE SE MEZCLA LA PASION CON EL DESEO. OJALA PODAMOS ESTAR EN CONTACTO MARTINA.

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